Alemán, de 85 años y permanentemente pegado a unas enormes gafas de sol. Hablar de Karl Lagerfeld de hablar de moda en mayúsculas, de un auténtico icono considerado, además, una de las personas más influyentes de la segunda mitad del siglo XX, sobre todo gracias a su labor para la firma francesa Chanel, y porque todas sus amistades han sido, durante décadas, las personas más influyentes del momento. Este martes 19 de febrero de 2019 ha fallecido el diseñador y fotógrafo que, aunque muchos no lo creyeran, tenía tanto de real como de personaje, pero ni siquiera su nombre era ficticio.

Karl Otto Lagerfeld nació en 1933 en Hamburgo, como “hijo único” de un matrimonio peculiar. Ambos progenitores se llevaban entre sí 18 años de diferencia y habían tenido matrimonios anteriores e hijos en su momento. Se casaron y, diez años después, tuvieron a Karl Lagerfeld, cuando su padre tenía 60 y su madre, 42 años. Ambos pertenecían a las clases más altas de Alemania, y nunca faltó el dinero en casa. Por eso, con veinte años, emigró a París, a estudiar moda y diseño. Ya entonces empezó a codearse con otros grandes, como Yves Saint Laurent, y pronto conseguiría un trabajo en Pierre Balmain.

Sus primeros diseños vinieron de la mano de Fendi y Chloé, aunque Chanel lo quiso -y él quiso a Chanel– casi en exclusividad, pese a que Lagerfeld tenía su propia marca de ropa y perfumes desde los años 80, siempre con ese binomio del blanco y negro como buque insignia, sin olvidar numerosas excentricidades que lo hicieron auténticamente famoso, incluyendo su propio vestuario, marcado por las gafas de sol, y por lucir impecable en cada fiesta o alfombra roja.

Nunca diseñó ropa para niños. Tampoco los tuvo jamás. Lo suyo era la sensualidad, la confrontación y la vanguardia. Madonna era su musa, también lo fue Kylie Minogue. Llegó a colaborar incluso con H&M, cuya colección limitada se agostó en menos de dos días. Imparable como diseñador, y también como fotógrafo. De algunos pinitos sin muchas aspiraciones a llegar a fotografiar a Tokio Hotel o ser el fotógrafo del Calendario Pirelli en 2010, con estrellas como Julianne Moore, y hasta desnudos masculinos. Para su casa, Chanel, creó personalmente las campañas publicitarias con sus propias fotografías.

Su pasión por la moda fue también una obsesión. Tiene un libro con la dieta que le fue creada expresamente para poder adelgazar más de 30 kilos en en un año. “Tenía que caber en la ropa que me gustaba”, había dicho Lagerfeld. Llamó a Adele “demasiado gorda” y aseguró que solo critican a las modelos “las mujeres que son mamás, gordas y se pasan el día viendo televisión”. Por eso no se quitaba las gafas de sol. Siempre dijo que los ojos eran el auténtico espejo del alma, pero que su vida era toda una pantomima. Y no debía mostrar su realidad. Tampoco importaba.

Su moda hablaba y hablará por sí sola. Él se creó a sí mismo, esa imagen tan solemne, sobria, sofisticada y, a la vez, amenazante. Siempre de etiqueta, elegante, con su pelo blanco y sus gatos por doquier. Era un señor, un caballero. O así se quiso vender. Hasta siempre, Karl Lagerfeld.

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Imágenes: Karl Lagerfeld

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